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Cristianos Aquí y Ahora

Un discípulo de Jesucristo no negocia bajo ninguna circunstancia su condición de privilegio que ha heredado del mismo Creador. Un alumno de Jesucristo jamás renunciará al llamado de su Maestro. Un verdadero seguidor del Mesías vivirá, guardará y practicará las enseñanzas de su Señor, independientemente de las circunstancias que desafíen su posición. Un estudiante incondicional del Carpintero jamás confundirá la importancia de lo terreno y lo eterno. Un pupilo completo sabrá perfectamente que los tesoros se hacen en el cielo y no en este pedazo de mundo frágil, llamado tierra.

Christian Maureira

Hace unos años atrás, mientras hablaba con un amigo que estudiaba en el seminario, le comenté mi preocupación sobre la falta de consistencia y congruencia en la que se encuentran los cristianos hoy en día. En mi locución le hacía ver la poca coherencia que existía en personas que dicen abrazar una fe centrada en Dios, pero que viven como en la ilustración, mirando y confiando en ellos mismos. Cristianos afanados en conseguir seguridad económica y material, sin embargo, predicando que Dios está en control de todo. Que depositan su fe en el título universitario que requiere el muchacho o en la casa que su mujer le pidió hace algunos meses atrás. Qué decir del esfuerzo y las horas extras que pretenden el aumento de sueldo y el ascenso en la escala jerárquica de la empresa.

Por otra parte, no podemos ignorar lo que hemos visto con tristeza y congoja a través de los medios de comunicación: líderes “cristianos” involucrados en historias de adulterio, mentiras, luchas de poder, robos, trueque político, estafas, homosexualidad, vanagloria, oficio de matrimonios gay, etc. Situaciones que indudablemente han provocado dolor y malestar al cuerpo de Cristo.

Sin darnos cuenta, al parecer, nos hemos dejado caer en el juego de la cultura (de las manifestaciones provenientes de las cosmovisiones humanistas y materialistas). Aquellas que nos dicen que la vida es aquí y ahora. Inmersos en el remolino de la sabiduría popular que tiene al hombre caído como icono de su causa. Ensimismados en la farsa del Dios privado que debemos adorar sólo en el templo. Abstraídos
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en la quimera dicotómica de lo espiritual y lo secular.

Todo tiene su época versus todo tiene su tiempo.

“Es que la iglesia primitiva o los primeros cristianos no son los mismos, ni deberían pretender serlo” era el argumento de mi amigo. Una frase que dista mucho de mis convicciones, ya que precisamente esta idea de época, arraigada en el corazón del cristiano contemporáneo, ha sido la causa fatal de todos sus males.

Entonces, nos encontramos con la siguiente escena: hay una época (o fecha de suceso) desde el cual se cuentan ciertos años para la pareja, la familia, Dios, los estudios, el trabajo y la participación activa en la iglesia. Donde finalizado cada período, se inicia uno nuevo. Indudablemente una idea que fragmenta la vida.

Contradicción alejada del “todo tiene su tiempo” propuesto por Salomón y del Dios que trasciende y afecta transversalmente todas las áreas del creyente, que de ninguna manera circunscribe nuestras vidas, relación con Dios y actividades a una época específica limitada a un tiempo y espacio que propone la frase ya citada por el sabio bíblico.

El sesgado entendimiento de que existe una época para todo y la planificación desmesurada de una mayordomía mal entendida, han provocado precisamente este quiebre del cual todos somos testigos: una apatía a Dios y a su obra. Jóvenes abandonando las iglesias a temprana edad, una falta de compromiso con las misiones y una actitud indulgente con los valores anti bíblicos.

¿Cómo volvemos al camino? ¿Cómo somos cristianos en un mundo convulsionado? ¿Cómo reparamos los destrozos?

Sin duda, siendo cristianos auténticos. Y eso significa ¡imitando a Jesús! Recordando que somos pasajeros en tránsito, que esta vida física no es la última estación, que primero es el reino de Dios y su justicia, que no hay nada más importante que Él. En definitiva, volviéndonos a Dios, guardando su Palabra, orando sin cesar, viviendo llenos del Espíritu, proclamando el Evangelio reconciliador y ejerciendo una conciencia cristiana práctica de amor al prójimo.

En síntesis, sosteniendo la arenga: ¡Cristianos aquí y ahora!



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