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La Ley, el Diezmo y las Ofrendas (2)
Apliquemos ahora todo lo dicho anteriormente al tema particular del diezmo. Primero que todo debemos decir que en el caso del diezmo ocurre algo especial.
Rubén Chacón
El diezmo no nace con la ley; es anterior a la ley en unos 430 años (Gál. 3:17). El diezmo como tal, esto es, como la décima parte de un todo, nace con Abram. Génesis 14 es la primera mención bíblica acerca del diezmo. Se dice que la primera mención bíblica de una verdad tiene la importancia de constituir el modelo de esa verdad. Y este parece ser el caso con respecto al diezmo. En efecto, esta Escritura no sólo es importante por ser la primera mención acerca del diezmo, sino también por ser la primera y única mención acerca de Melquisedec en el Antiguo Testamento. Además, es también la primera vez que son mencionados en la Biblia los elementos de la santa cena: Pan y vino.
Ahora bien, Abram y todas las cosas relacionadas con él –como el diezmo, Melquisedec, el pan y el vino, el pacto, las promesas, etc- no pertenece al Antiguo Testamento o Antiguo Pacto. En efecto, Melquisedec representa el tipo de sacerdocio que Jesucristo lleva a cabo en el Nuevo Pacto. El sacerdocio Aarónico pasó. El de Jesucristo, que no pasa, es según el orden de Melquisedec. El pan y el vino no son del Antiguo Pacto: Son los elementos de la Cena del Nuevo Pacto. Abraham, de la misma manera. El Nuevo Testamento dice que Abraham es padre de todos los creyentes (Rom. 4:16-17; Gál. 3:7,29). ¿Cómo es esto? Pablo dice que a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. Esta simiente es Cristo. Cuando esta simiente a quien fue hecha la promesa llegase, en ella serían bendecidas todas las familias de la tierra. Para este fin Cristo nos redimió de la maldición de la ley, para que en él la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu (Gál. 3:13-18).
Entre Abraham y la llegada de la simiente, Dios añadió o introdujo la ley –como una especie de paréntesis (Gál. 3:19; Rom. 5:20)- hasta que viniese la simiente. Por supuesto, Dios tenía una poderosa razón para introducirla: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gál. 3:24-25). En otras palabras, venida la fe, los creyentes enganchamos directamente con Abraham y heredamos sus promesas. La ley jamás tuvo el propósito de substituir la promesa; por el contrario, nos condujo a ella. La ley era provisoria (hasta que); la promesa en Cristo era lo definitivo.
Pero continuemos con el diezmo. Decir, entonces, que el diezmo es solamente de la ley es falso. Es antes de la ley. No obstante, si hubiese tenido su origen en la ley, de todas maneras –por lo planteado arriba- ese hecho por si solo no lo abrogaría. Recordemos lo dicho anteriormente: Todo mandamiento de la ley mosaica está de alguna manera contenido –y sobrepasado- en los mandamientos del Nuevo Pacto. En todo caso, el hecho primero es que el diezmo es pre-mosaico y, por tanto, neotestamentario. Consideremos en primer lugar este hecho. Los creyentes diezman, pues, a la manera de Abraham y no a la manera de la ley. ¿Cómo diezmó Abraham? Volvamos al relato de Génesis 14.
Una confederación de cuatro reyes declaró la guerra a otra confederación compuesta de cinco reyes. Entre estos últimos se encontraba el rey de Sodoma, lugar donde vivía Lot, el sobrino de Abraham. La coalición de cuatro reyes venció a la de cinco reyes. Las ciudades, entre las que se encontraba Sodoma, fueron saqueadas y los habitantes llevados cautivos. También Lot. Cuando Abraham se enteró de la noticia del cautiverio de su sobrino, armó a sus 318 criados y fue al rescate de Lot y de su familia. Milagrosamente un puñado de hombres derrotó al ejército de una confederación de cuatro reinos. Abraham recobró así todos los bienes de Sodoma, a Lot y demás gente. Mientras Abraham volvía orgulloso y lleno de júbilo por la tremenda victoria alcanzada, el rey de Sodoma lo esperaba con un clamoroso recibimiento en el valle de Save, que es el Valle del Rey. Seguramente que en este evento Abraham se llenaría de gloria y fama. El acontecimiento constituiría toda una tentación para él. Por ello, antes que Abraham fuese recibido por el rey de Sodoma, sorpresivamente le salió al encuentro el rey de Salem (Jerusalén). Este rey, de nombre Melquisedec, era sacerdote del Dios Altísimo. Este recibimiento es, en comparación con el del rey de Sodoma, absolutamente modesto y sobrio. De hecho, el ágape contiene sólo pan y vino. Pero, es modesto únicamente a los ojos humanos, ya que es de una grandeza espiritual extraordinaria. En efecto, Melquisedec en su calidad de sacerdote de Dios, bendice a Abraham con una doble bendición: La primera está dirigida a Abraham del Dios Altísimo y, la segunda, está dirigida al Dios Altísimo de Abraham. Por el impacto que causó esta bendición sobre Abraham, como veremos enseguida, entendemos que ella significó toda una revelación para él. La primera bendición le reveló a Abraham que él pertenecía al Dios Altísimo, esto es, pertenecía al Creador de los cielos y de la tierra. Abraham era de Dios; era de su propiedad, era su siervo. La segunda bendición, aunque dirigida a Dios, le revela a Abraham que el Altísimo fue el que entregó los enemigos de Abraham en su mano. Esto terminó por quebrar tan profundamente a Abraham que produjo en él un reconocimiento de Dios que hasta aquí nunca antes se había manifestado: Le dio Abram los diezmos de todo. ¿Qué hecho causó que Abraham voluntaria y espontáneamente diezmara, sin mediar ninguna obligación, ley o mandato? Fue el hecho de entender que toda victoria, logro, éxito y riqueza es mérito de Dios. Nada es mérito nuestro. Él, da semilla al que siembra y pan al que come (2Cor. 9:10). Por eso, los ancianos del Apocalipsis echan sus coronas delante del trono de Dios, diciendo: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap. 4:10-11).
Abraham, Melquisedec, el pan y el vino, pertenecen al Nuevo Pacto. Y esta forma de diezmar también. En el Nuevo Pacto se diezma a la manera de Abraham. No fue un mandamiento ni una obligación lo que provocó el diezmo; no fue la ley, sino el Espíritu. El diezmo del Nuevo Testamento no es el de la ley, sino el de Abraham. La acción de Abraham fue de tanto agrado para Dios que éste, posteriormente, habría de hacerla mandamiento en la ley de Moisés. Y aquí es conveniente que volvamos a recordar lo dicho anteriormente. El hecho de que el diezmo fuese puesto por Dios en la ley de Moisés significa, en primer lugar, que es parte de su voluntad revelada hasta ese momento. En segundo lugar, significa que el diezmo, como parte de la voluntad revelada de Dios, no cambia; permanece en el tiempo. A lo más, podría ser contenido en una verdad mayor, cosa que ocurre con casi todos los mandamientos de la ley en el Nuevo Testamento. En tercer lugar, fue insertado en la ley para, al igual que todos los demás mandamientos, mostrara la incapacidad por parte del hombre de cumplirla con sus fuerzas. De todas maneras, Dios aprovechó de dar un paso más al colocar el diezmo en la ley de Moisés. La ley cómo ninguna otra instancia va a demostrar el uso que Dios determinó para los diezmos: “Porque a los levitas he dado por heredad los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán a Jehová en ofrenda; por lo cual les he dicho: Entre los hijos de Israel no poseerán heredad” (Nm. 18:24). En definitiva, no sólo queda establecido el cómo se diezma (a la manera de Abraham), sino también el qué se hace con ellos (sustentar a los levitas).
Y así llegamos al Nuevo Testamento. Y ¿Qué encontramos? Que asombrosamente para nosotros la palabra diezmo casi no aparece. Este hecho que requiere indudablemente una explicación no significa, en todo caso, que la verdad del diezmo esté ignorada. Algunos explican la ausencia del término diezmo de una manera que –aunque la afirmación sea cierta- si no es bien entendida y bien aplicada, resulta en un absurdo: El diezmo es Cristo, dicen algunos, al igual que las primicias, las ofrendas, los sacrificios, el sábado, las fiestas, etc. Esta interpretación que es absolutamente correcta no exime, sin embargo, de modo alguno, el cumplimiento práctico de esas verdades por parte de los creyentes. Si todo el Antiguo Testamento fuese solamente Cristo, entonces, el Nuevo Testamento consistiría únicamente en la revelación de Jesucristo y no debiera incluir ningún aspecto práctico para los creyentes. Pero ¿Es eso lo que encontramos en él? De ningún modo. Recordemos lo dicho anteriormente: Los sacrificios, por ejemplo, tipológicamente, representan el sacrificio de Cristo. No obstante, en cuanto demandas de Dios para el hombre, permanecen vigentes en su significado espiritual a los creyentes del Nuevo Testamento. En otras palabras, los creyentes del Nuevo Pacto presentan en Cristo los mismos sacrificios del Antiguo Pacto, pero en su significado espiritual. Por ejemplo, Pablo dijo que los panes de la pascua que nosotros celebramos deben ser sin levadura, esto es, sin malicia y sin maldad. Nuestros panes hoy son la sinceridad y la verdad. ¿Te das cuenta? Nuestra Pascua –que es Cristo- sigue presente; los panes también.
Veamos entonces si la verdad acerca del diezmo sigue presente en el Nuevo Pacto. El Señor Jesucristo hizo algunas pocas, pero importantes, alusiones a los diezmos. En su discurso a los escribas y fariseos, él les reprochó lo siguiente: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: La justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mt. 23:23). En primer lugar, Jesús no está aquí reprochando el acto de diezmar, sino el hecho de haber descuidado lo más importante de la ley. En segundo lugar, al decir “sin dejar de hacer aquello” está confirmando la práctica del diezmo como algo vigente.
En la parábola del fariseo y el publicano, Jesucristo puso otro elemento importante acerca de los diezmos. En efecto, mientras el fariseo oraba y desplegaba su auto justicia, dijo: “...doy diezmos de todo lo que gano”. Resalto la palabra todo, pues, Jesús no pondría aquí un elemento inexistente en la práctica de los fariseos. Dicho de otro modo: Los fariseos diezmaban de todas las cosas. En el texto anterior, quedó claro que diezmaban hasta la menta, el eneldo y el comino. También aquí cabe decir que Jesús no estaba, en esta parábola, atacando el acto del diezmo, sino la auto confianza y el menosprecio (Lc. 18: 9-14). Lo importante de estos textos es la ratificación que, de alguna manera, hace Jesucristo de los diezmos; cosa que no ocurre, por ejemplo, con el divorcio (Mt. 5: 31-32).
Escuchemos a continuación al apóstol Pablo: “O sólo yo y Bernabé no tenemos derecho de no trabajar? 7¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño?
8¿Digo esto sólo como hombre? ¿No dice esto también la ley? 9Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, 10o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir del fruto. 11Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material? 12Si otros participan de este derecho sobre vosotros, ¿cuánto más nosotros?
Pero no hemos usado de este derecho, sino que lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo. 13¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan? 14Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio.
En primer lugar, Pablo está hablando de segar lo material de los corintios. En segundo lugar, pone ejemplos de la vida común: ¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño? En tercer lugar, lo más importante: ¿No dice esto también la ley? ¡Pablo invoca la ley! ¿Cómo? ¿Pablo invocando la ley? ¿Seguramente está evangelizando a los judíos? No. Está hablando a la iglesia. A creyentes que no están bajo la ley. Espero que la razón ya esté clara. Entonces dice: “No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan? Aquí claramente está refiriéndose a los diezmos mosaicos (Lv. 6:16,26; Nm. 18:8,31; Dt. 18:1-3). Y entonces traspasa la verdad del diezmo al Nuevo Pacto de la siguiente manera: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” Los que anuncian el evangelio equivalen ahora a los antiguos sacerdotes y levitas. Como tal, ordenó el Señor que vivan del evangelio. ¿Cómo harían esto en la práctica? La frase “así también” perfectamente podría entenderse como “de la misma manera”. En el contexto serían los diezmos.
En su primera carta a Timoteo, Pablo agrega, ahora con respecto a los ancianos, lo siguiente: “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar. Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario (5:17-18). Primero, la frase “dignos de doble honor” se refiere a reconocimiento económico. Segundo, cita como referente de autoridad la Escritura. ¿Cuál Escritura? Por una parte, ¡La ley! aunque traspasada a la realidad neotestamentaria y, por otra, los evangelios (Mt. 10:10; Lc. 10:7).
Por lo tanto, el esquema veterotestamentario en su aspecto fundamental se mantiene en el nuevo: Algunos de entre los hijos de Dios, los apóstoles y los ancianos, a la manera de los sacerdotes y levitas de la ley, trabajan en predicar y en enseñar, y son sustentados por los ministrados. ¿Cómo? No dice explícitamente: Con los diezmos. ¿Por qué? Puede ser porque es obvio. Está implícito al citar la ley. Pablo, por último, escribiendo a los gálatas, lo dijo así: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (6:6). La “Biblia al día” lo dice así: “Los que estudian la Palabra de Dios deben ayudar económicamente a sus maestros”.
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Rubén Chacón es pastor de Las Asambleas de Dios. Lleva más de 30 años predicando y enseñando la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, que incluyen El Primer Amor, El Ministerio Quíntuple y otros títulos. Rubén tiene seis hijos y residen en la ciudad de Santiago, Chile. © Rubén Chacón 2007 - Usado con Permiso.
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